Society

·

Story

Nueva Zelanda

Por qué Nueva Zelanda celebra el Día del Trabajo en octubre

¿Por qué Nueva Zelanda celebra Labour Day en octubre y no el 1 de mayo? La respuesta comienza con un carpintero inglés en Petone y conduce a una pregunta que sigue vigente casi dos siglos después.

Santiago Bonhomme

Retrato en blanco y negro de Samuel Duncan Parnell, una de las figuras centrales del movimiento por la jornada laboral de ocho horas en Nueva Zelanda.

Samuel Duncan Parnell, el carpintero asociado al establecimiento de la jornada laboral de ocho horas en Wellington en 1840. Fotografía de Henry Charles Clarke Wright, 1890. Dominio público / Wikimedia Commons.


Para quienes crecimos asociando el Día del Trabajador con el 1 de mayo, descubrir que en Nueva Zelanda el feriado cae a fines de octubre puede parecer una rareza del calendario. No lo es.

Este año, Labour Day se celebra el lunes 26 de octubre. Como ocurre desde hace más de un siglo, corresponde al cuarto lunes del mes. La fecha cuenta una historia propia y también una historia muy neozelandesa sobre una pregunta que, casi dos siglos después, continúa vigente: cuánto tiempo de nuestra vida debería pertenecer al trabajo.

Para encontrar su origen hay que regresar a 1840.

Ese año, el carpintero inglés Samuel Parnell llegó a Petone, cerca de Wellington. Poco después recibió el encargo de construir un establecimiento comercial. Parnell aceptó, pero puso una condición extraordinaria para la época: trabajaría solo ocho horas al día.

En la Inglaterra que acababa de abandonar eran habituales jornadas mucho más largas. Parnell defendía una división sencilla de las veinticuatro horas: ocho para trabajar, ocho para dormir y ocho para la vida fuera del empleo. La escasez de trabajadores especializados en el joven asentamiento jugó a su favor y el empleador terminó aceptando. Otros trabajadores comenzaron a adoptar la misma práctica.

Puede parecer una reivindicación modesta vista desde el presente. En 1840 no lo era.

Nueva Zelanda se convirtió así en uno de los primeros lugares del mundo donde trabajadores consiguieron establecer la jornada de ocho horas. Pero durante décadas aquello fue más una costumbre conquistada por determinados oficios que un derecho garantizado para todos.

Cincuenta años después, el 28 de octubre de 1890, varios miles de trabajadores y simpatizantes sindicales participaron en las primeras celebraciones de Labour Day en los principales centros del país. Parnell, ya anciano, encabezó la manifestación de Wellington y fue homenajeado como una de las figuras fundamentales del movimiento por las ocho horas. Murió pocas semanas después.

Las celebraciones crecieron durante los años siguientes. Hubo procesiones, banderas sindicales, carros decorados, picnics y actividades deportivas. Pero detrás del ambiente festivo existía una demanda concreta: que una jornada razonable de trabajo dejara de depender únicamente de la voluntad de cada empleador.


Participantes en una procesión de Labour Day en Ashburton, Nueva Zelanda, en 1934.

Procesión de Labour Day en Ashburton, 1934. Para entonces, el feriado nacido del movimiento por la jornada de ocho horas llevaba décadas formando parte del calendario neozelandés. Wikimedia Commons, CC BY 4.0.


En 1899 el Parlamento aprobó la ley que convirtió Labour Day en feriado público. La primera celebración bajo esa condición se realizó en 1900, inicialmente el segundo miércoles de octubre. En 1910 pasó al cuarto lunes del mes, fórmula que continúa vigente hasta hoy.

¿Y qué ocurrió entonces con el 1 de mayo?

El May Day o International Workers’ Day que se conmemora en numerosos países pertenece a otra tradición. Nació del movimiento obrero internacional de finales del siglo XIX y también estuvo profundamente ligado a la lucha por reducir la jornada laboral. Con el tiempo, el 1 de mayo se convirtió en la fecha internacional más reconocible asociada a los trabajadores.

Nueva Zelanda, sin embargo, ya había desarrollado su propia conmemoración. A comienzos del siglo XX algunos movimientos socialistas promovieron el 1 de mayo como alternativa, pero la celebración de octubre terminó imponiéndose. Para la década de 1920, las grandes manifestaciones de Labour Day ya habían comenzado a perder protagonismo y la fecha empezaba a parecerse al feriado que conocemos hoy.

Quizás allí esté una de sus paradojas. Una conquista nacida de una discusión profunda sobre el trabajo terminó incorporándose con tanta naturalidad a la vida cotidiana que pocas veces nos detenemos a pensar en aquello que la originó.

Pero el trabajo nunca ha dejado de cambiar.

Cambió con las máquinas, los computadores, internet, los teléfonos móviles y, más recientemente, con el trabajo remoto. Cada transformación modificó la manera de producir, pero también la frontera entre el tiempo que entregamos al trabajo y el que sentimos que nos pertenece.

La inteligencia artificial es el capítulo más reciente de esa historia.

En 2025 Nueva Zelanda presentó su primera estrategia nacional de IA, orientada especialmente a fomentar su adopción por las empresas y mejorar la productividad. Un programa impulsado por el Ministry of Business, Innovation and Employment durante 2026 ofrece una pequeña señal de lo que eso puede significar: muchas de las pequeñas y medianas empresas participantes identificaron posibles ganancias de productividad equivalentes a entre diez y quince horas de trabajo por semana mediante la automatización de tareas rutinarias.

El dato es modesto frente a las enormes predicciones que suelen acompañar cualquier conversación sobre inteligencia artificial. Quizás precisamente por eso resulta interesante.

Diez horas son diez horas.

Y detrás de ellas reaparece, bajo otra forma, la pregunta que estaba en el centro de la discusión de Parnell en 1840.

Si una tecnología nos permite hacer en menos tiempo aquello que antes demoraba más, ¿qué hacemos con las horas que quedan?

Pueden convertirse en mayor productividad, en más trabajo, en nuevas ocupaciones o, inevitablemente en algunos casos, en empleos que desaparecen. Pero también existe otra posibilidad: que una parte de ese tiempo regrese a las personas.

La historia demuestra que eso no ocurre automáticamente. Las herramientas pueden generar eficiencia y riqueza; decidir cómo se distribuyen sus beneficios es otra cuestión. Las máquinas cambian, los oficios cambian y hasta la idea de un lugar de trabajo cambia. La discusión sobre nuestro tiempo, en cambio, permanece.

Para muchos neozelandeses Labour Day es hoy simplemente un fin de semana largo de primavera, una oportunidad para viajar, trabajar en el jardín o empezar a sentir que el verano está cerca.

Pero detrás del lunes libre permanece aquella idea defendida por un carpintero recién llegado a Petone en 1840.

Trabajar es parte de la vida, pero no debería ocuparla por completo.

En una época en que nuevas herramientas vuelven a prometernos que podremos hacer más en menos tiempo, tal vez la pregunta más interesante no sea cuánto más seremos capaces de producir.

Sino qué queremos hacer con el tiempo que recuperamos.

La conversación continúa

Esta historia no termina aquí.

¿Algo de esta historia se quedó contigo? Únete a la conversación, conoce a quien la escribió o ayúdanos a hacer posible la próxima.

Únete a la conversación en Facebook

Santiago Bonhomme

Santiago Bonhomme es escritor y periodista radicado en Queenstown, Nueva Zelanda. Su trabajo explora la cultura, la sociedad, la gastronomía, la identidad y las formas en que las personas y los lugares se transforman mutuamente.

Invita un café al equipo

Etiqueta a Zealanding en Instagram

A NOTE FROM THE EDITORS

Know something we should look into?

Know something we should look into?

Send Zealanding a local story lead, contact, photograph, idea or tip. The best stories often begin with a quiet nudge.