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Latinos en Nueva Zelanda: ¿cuándo dejamos de estar de paso?
En diez años, la comunidad latina casi se triplicó. Pero detrás de los números hay una pregunta más íntima: ¿qué pasa cuando empezamos a sentir que también pertenecemos aquí?
Cesar Carvajal

Latinos en Nueva Zelanda: ¿cuándo dejamos de estar de paso?
En diez años, la comunidad latina casi se triplicó. Pero detrás de los números hay una pregunta más íntima: ¿qué pasa cuando empezamos a sentir que también pertenecemos aquí?
Hay un momento raro en la vida de un migrante en el que uno deja de saber exactamente cómo responder cuando le preguntan de dónde es. Yo sigo siendo colombiano, por supuesto. Eso no se va. Está en mi manera de hablar, en la forma en que cocino, en mi familia, en las historias con las que crecí, en la música que me hace cantar a grito herido, en el humor y en esa forma latinoamericana de convertir una comida en una conversación que puede durar toda la tarde. Pero después de varios años viviendo en Nueva Zelanda también hay cosas de este país que ya se me metieron en la vida: lugares que siento míos, palabras que antes no entendía y ahora uso sin pensarlo, otras maneras de relacionarme con la gente, una conexión diferente con la naturaleza y conversaciones sobre lo que pasa aquí que realmente me importan.
No sé exactamente en qué momento uno empieza a convertirse un poquito en kiwi. De hecho, hace unas semanas pensaba que después de más de ocho años viviendo aquí, y sintiéndome en casa, quizá ya podía empezar a autodenominarme así. Supongo que no ocurre de golpe. Pasa mientras trabajas, haces amigos, construyes una rutina y naturalmente empiezas a decir sweet as o yep, yep, yep, hasta que un día alguien te pregunta dónde está tu casa y lo primero que se viene a tu mente es Nueva Zelanda.
Pensé en eso mirando las cifras de Stats NZ sobre los latinoamericanos que vivimos en este lado del mundo. En el Censo de 2023, 38.154 personas se identificaron como latinoamericanas en Nueva Zelanda. Diez años antes, en 2013, éramos 13.182, y en 2018 ya habíamos llegado a 25.731. En una década, la comunidad prácticamente se triplicó. Seguimos siendo pequeños dentro de una población de más de cinco millones de personas -alrededor del 0,8% del país-, pero ya somos suficientemente numerosos como para empezar a hacernos una pregunta que me parece mucho más interesante que simplemente contar cuántos somos:
¿Qué pasa cuando dejamos de ser latinos viviendo temporalmente en Nueva Zelanda y empezamos también a participar en lo que Nueva Zelanda es?
De visita, hasta que un día ya no
No existe una sola historia de cómo llegamos hasta aquí. Algunos vinieron con una Working Holiday pensando en quedarse un año; otros llegaron a estudiar inglés, encontraron un trabajo, siguieron a una pareja o vinieron buscando seguridad. Hay personas que llegaron por seis meses y llevan quince años, hay quienes sabían desde el principio que querían quedarse y también están los que todavía no saben. Eso me parece muy propio de la experiencia migratoria porque uno puede hacer todos los planes que quiera, pero la vida empieza a ocurrir alrededor de esos planes: conoces a alguien, aparece un trabajo, te acostumbras a un lugar, haces amigos, quizá llega un hijo, y un día te das cuenta de que tienes suficientes muebles como para que marcharte mañana empiece a ser un problema bastante más complejo que comprar un pasaje.
Y así comienza a aparecer una palabra que al principio parecía demasiado grande: hogar.
La comunidad latinoamericana de Nueva Zelanda sigue siendo relativamente reciente. La edad mediana está alrededor de los 33 años y, entre quienes nacieron fuera del país, una gran parte llegó durante la década anterior al último censo. Sin embargo, ya no somos solamente una comunidad de paso. Alrededor de uno de cada cinco latinoamericanos registrados en el censo nació en Nueva Zelanda, y esa cifra me parece especialmente interesante porque significa que ya existe una generación para la cual la migración de sus padres será una historia familiar y no una experiencia propia.
Serán niños que podrán crecer hablando inglés con sus amigos y español o portugués en casa, que quizás conozcan un hangi y una arepa, que tengan abuelos al otro lado del Pacífico y al mismo tiempo una infancia completamente neozelandesa. Dentro de algunos años, para ellos la pregunta “¿eres latino o kiwi?” puede empezar a sonar un poco extraña. La respuesta podrá ser perfectamente:
los dos, aunque con un acento que deje entrever que su lengua natal es el inglés.
No llegamos todos del mismo lugar
A veces, desde afuera, América Latina parece una sola cosa, pero desde adentro sabemos perfectamente que no lo es. Un brasileño, un chileno, un colombiano, un argentino y un mexicano pueden reconocerse inmediatamente como latinoamericanos y, cinco minutos después de empezar a compartir, ya puedes vislumbrar cientos de diferencias en la comida, el idioma, los códigos, el humor, la música o la forma en que cada uno entiende su propio país.
En Nueva Zelanda esa diversidad también aparece en los números. Brasil es actualmente una de las comunidades latinoamericanas más grandes: en el Censo de 2023 había más de 10.000 personas nacidas allí viviendo en Nueva Zelanda, además de más de 5.600 nacidas en Chile, más de 5.300 en Argentina, alrededor de 2.600 en Colombia y comunidades mexicanas, peruanas, uruguayas y de muchos otros países.
Y la historia tampoco empezó con la reciente popularidad de las Working Holidays. Uno de los primeros movimientos importantes de latinoamericanos hacia Nueva Zelanda ocurrió después del golpe militar de Chile en 1973, cuando llegaron refugiados escapando de la dictadura de Augusto Pinochet. Con el tiempo fueron llegando otras historias, otros países y otras razones, hasta que una comunidad que durante décadas fue diminuta empezó lentamente a hacerse visible.
Lo que uno trae en la maleta no siempre se ve
Cuando hablamos de lo que los inmigrantes pueden aportar a un país, la conversación a veces se vuelve demasiado económica. Terminamos hablando de cuántos impuestos pagan, qué trabajos ocupan, cuánto ganan o qué títulos tienen. Esos datos importan y, en el caso de la comunidad latina, son interesantes: los adultos latinoamericanos aparecen en el censo con niveles relativamente altos de educación postsecundaria y una proporción muy alta habla más de un idioma. Pero me incomoda un poco la idea de que un migrante tenga que presentar permanentemente su currículum para justificar que merece estar aquí.
Lo que una persona trae consigo es mucho más difícil de medir. Por supuesto que traemos profesionales, trabajadores, emprendedores, chefs, profesores, diseñadores, ingenieros, médicos, abogados, estudiantes y personas intentando empezar desde cero, pero también traemos memoria, otra forma de mirar el mundo, historias familiares, idiomas, música, recetas y conexiones con otro continente.
Y traemos también una manera bastante particular de relacionarnos con los demás: la mesa larga, la sobremesa, la familia que puede ser maravillosa y agotadora al mismo tiempo, la conversación que empieza hablando de una cosa y dos horas después termina hablando de la vida, el saludo con abrazo y beso en la mejilla. Ese calor humano que para nosotros muchas veces parece normal hasta que salimos de América Latina y descubrimos que también era parte de nuestra cultura.
Hay cosas de nosotros que vale la pena traer.
Pero nosotros también cambiamos
Esta parte me interesa incluso más, porque los latinos también llegamos pensando en lo que podemos traer a Nueva Zelanda y con el tiempo descubrimos que Nueva Zelanda tenía algunas cosas que enseñarnos a nosotros.
A mí me pasó. Llegué con una historia, una profesión, una cultura y una manera determinada de entender el mundo. Este país no borró ninguna de esas cosas, pero las puso a conversar con otras y, de esa conversación, salió alguien distinto. Creo que muchos migrantes entienden esa sensación, porque uno empieza a absorber cosas del lugar donde vive aunque no se dé cuenta.
Está la informalidad kiwi, una relación menos jerárquica en muchos espacios, la posibilidad de que alguien con un cargo muy importante llegue vestido exactamente igual que todos los demás, la manera en que la naturaleza está integrada en la vida cotidiana, el valor de tener tiempo y el respeto por el espacio de los demás. También aparecen ideas a las que tenemos que acercarnos con respeto, especialmente cuando hablamos de te ao Māori: la relación con la tierra, el whānau, la comunidad y el lugar al que uno pertenece.
No estoy diciendo que América Latina y Māori sean equivalentes. Son culturas e historias profundamente diferentes. Pero cuando uno viene de otro lugar puede encontrarse con ideas que resuenan de una manera especial y, de pronto, empieza un intercambio que ya no funciona solamente en una dirección.
La cultura se mezcla en cosas pequeñas
No creo que podamos medir exactamente cuánto se ha integrado la cultura latina en Nueva Zelanda porque las culturas, por fortuna, no funcionan como una hoja de Excel. Pero basta mirar alrededor para encontrar señales: salsa y tango llevan décadas aquí, hay clases de baile llenas de kiwis, restaurantes mexicanos, brasileños, colombianos y argentinos, profesores de español, festivales, música, fútbol, parejas mixtas y niños bilingües.
Está el kiwi aprendiendo español porque se enamoró de una argentina, el brasileño explicándole a sus compañeros de trabajo por qué el café que están tomando necesita una conversación mucho más seria, o la colombiana preparando arepas para personas que hace diez años probablemente no sabían qué era una arepa.
Y funciona también en sentido contrario. Los latinos empezamos a adoptar cosas kiwi. Decimos mate, aprendemos a aceptar el yeah, nah, vamos a un BBQ aunque internamente sigamos pensando que aquello necesita un poco más de carne, descubrimos que estar descalzo en lugares públicos aparentemente no constituye una emergencia nacional y terminamos entendiendo que una invitación a “come around sometime” puede requerir cierta interpretación cultural antes de aparecer el sábado siguiente en la puerta.
Son detalles pequeños, pero probablemente así es como una cultura termina entrando en otra: no a través de grandes discursos sobre integración, sino dentro de la vida cotidiana.

¿Cómo nos ven los kiwis?
Es una pregunta que me hice mientras escribía esto y la respuesta más responsable es que no tenemos una buena encuesta nacional que diga específicamente qué piensan los neozelandeses sobre los latinoamericanos, así que no tendría sentido inventar una conclusión.
Sí sabemos algo sobre cómo se percibe la inmigración en general. En una encuesta de MBIE, muchos neozelandeses que tenían una visión positiva de la inmigración mencionaron la diversidad y el multiculturalismo, así como la posibilidad de conocer otras culturas, nuevos idiomas, diferentes comidas y nuevas maneras de mirar el mundo. Al mismo tiempo, también existen preocupaciones relacionadas con la vivienda, el empleo, el número de personas que llega y la percepción de que algunos migrantes pueden no integrarse.
Las dos cosas pueden existir al mismo tiempo. Nueva Zelanda puede ser un país abierto a la migración y también una sociedad que discute cuánto puede crecer, qué necesita de los migrantes y cómo quiere proteger su forma de vida. Son conversaciones legítimas.
Del lado de quienes llegamos, los datos disponibles son bastante positivos: la gran mayoría de los migrantes recientes encuestados por MBIE dice sentirse bienvenida en su comunidad y satisfecha viviendo aquí. Mi propia experiencia también ha sido principalmente esa. No perfecta, pero sí profundamente abierta.
Integrarse no debería significar desaparecer
Para mí, este es quizá el punto más importante, porque a veces hablamos de integración como si significara dejar de ser lo que uno era para poder convertirse en otra cosa. Yo no creo que funcione así.
Puedes convertirte en parte de Nueva Zelanda sin dejar de ser colombiano. Puedes aprender inglés y seguir soñando en español, enamorarte de las montañas y seguir necesitando el Caribe de vez en cuando, disfrutar el silencio y todavía extrañar el ruido, entender el valor de tener espacio y al mismo tiempo seguir poniendo diez personas alrededor de una mesa diseñada para seis.
Con los años, esas versiones empiezan a mezclarse y ahí aparece una de las cosas más bonitas de migrar. Ya no eres exactamente la persona que salió, pero tampoco te conviertes completamente en alguien del lugar al que llegaste. Aparece una tercera versión, hecha un poco de las dos anteriores y también de todo lo que ocurrió durante el viaje.
Entonces, ¿qué podemos ofrecer?
Creo que podemos ofrecer muchas cosas: nuestra comida, nuestra música, el español y el portugués, la conexión con un continente enorme que Nueva Zelanda históricamente ha tenido lejos, profesionales, emprendimiento, trabajo y creatividad. Pero hay algo más que a veces no vemos: también podemos aportar la experiencia de personas que han tenido que aprender a empezar nuevamente.
Muchos sabemos lo que significa perder estatus, tener una profesión y trabajar inicialmente en otra cosa, hablar con acento, no entender una broma, sentirse inteligente en un idioma y torpe en otro, o construir desde cero una red de amigos y contactos. Todo eso produce algo: resiliencia, humildad, adaptación y, con suficiente tiempo, pertenencia.
Sin embargo, ya no quiero quedarme solamente con la pregunta de qué podemos darle nosotros a Nueva Zelanda. Me interesa mucho más pensar en el intercambio y preguntarnos qué estamos construyendo juntos, porque Nueva Zelanda también nos ofrece seguridad, espacio, oportunidades, paisajes, comunidad y algo que para muchos migrantes termina siendo extraordinariamente importante: la oportunidad de reinventarnos.
Un poquito más latina, un poquito más nuestra
No sé qué tan latina se volverá Nueva Zelanda y, en términos numéricos, probablemente seguiremos siendo una comunidad pequeña durante bastante tiempo. Pero 38.154 personas ya son suficientes para que algo empiece a ocurrir. Son familias, negocios, restaurantes, profesionales, estudiantes, niños, parejas, amigos y vecinos; personas que pagan impuestos, forman empresas, trabajan, escriben, cocinan, enseñan, crean, aman, discuten, construyen y participan en la vida de este país.
Y con los años esas vidas dejan pequeñas huellas.
Nueva Zelanda seguirá siendo profundamente Nueva Zelanda, pero probablemente será una Nueva Zelanda con un poquito más de español, algo más de portugués, mejores tacos, más arepas, más salsa y algunos niños que crecerán explicándole a sus amigos por qué tienen dos equipos nacionales de fútbol.
Me gusta esa idea, y también me gusta pensar que esta sea una de las primeras conversaciones de Zealanding en Español, porque queremos escribir sobre Nueva Zelanda en nuestro idioma sin mirarla desde afuera. Queremos sentarnos en la conversación, escuchar, preguntar, entender mejor el país donde vivimos y contar también lo que ocurre cuando personas que llegaron desde muy lejos empiezan a sentirse parte de él.
Yo sigo siendo colombiano y cada día me siento también un poco más kiwi. Sospecho que no soy el único y quizá, al final, ahí empieza todo esto: cuando dejamos de preguntarnos cuánto tiempo vamos a quedarnos y un día, casi sin darnos cuenta, empezamos a decir:
aquí vivimos.
Nota de fuentes: Datos de población e identidad étnica: Censo 2023 y Stats NZ. Contexto histórico: Te Ara - The Encyclopedia of New Zealand. Percepciones de inmigración e integración de migrantes: Ministry of Business, Innovation and Employment (MBIE), encuestas nacionales 2023–2024.
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Cesar Carvajal
Cesar Carvajal es un escritor y editor colombiano radicado en Queenstown. Después de construir una nueva vida en Nueva Zelanda, escribe sobre migración, sociedad, cultura y las historias que aparecen cuando diferentes mundos empiezan a encontrarse.
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