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Essay
Nueva Zelanda
Jornaleras
Testimonios desde los huertos de Nueva Zelanda sobre trabajo temporal, migración, género, vulnerabilidad y las redes de apoyo que aparecen cuando los sistemas formales no son suficientes.
Alexandra Zapata

Fotografía de Alexey Demidov vía Pexels. Imagen utilizada con fines ilustrativos.
2025, febrero. Algún estacionamiento en una ciudad intermedia sobre la costa este de Nueva Zelanda.
Darla siente susto, no tanto al punto de temer por su vida, pero teme por lo que pueda suceder y si sabrá o no reaccionar cuando llegue el momento.
La cita por mensaje de WhatsApp diciéndole que le pagarían el trabajo que hizo cosechando manzanas. La razón principal por la que Darla siente temor es el hecho de que tiene un cuerpo que no se alinea con las expectativas de lo que la sociedad, sobre todo el círculo en el que se estaba moviendo, acepta como el deber ser de un hombre o una mujer.
Luego de esperar en silencio; una calma tensa por más de una hora, del vehículo en el que hay tres hombres bajan el vidrio y le indican que suba. Entre ellos hablan su idioma. A duras penas aceptan que Darla esté junto a ellos. Le dan el equivalente a $10 NZD por cada caja de manzanas, aproximadamente 200 kilos, probablemente más. Con agradecimiento porque logró salir, Darla toma el dinero y se va a casa. Un par de semanas después, sale de esa ciudad para nunca regresar.

La cosecha de fruta forma parte de los trabajos temporales descritos en los testimonios de esta pieza. Imagen ilustrativa. Foto: Ally Griffin / Unsplash.
2025, octubre. La entrada de una plantación de manzanas, una de muchas administradas por la misma empresa.
María y Penélope llegan juntas a trabajar. Es la primera vez que cruzan palabra, pero Penélope se maneja con tal confianza que es imposible no abrirse ante ella. Por esa misma confianza que inspira Penélope, María decide contarle que está feliz de empezar este nuevo trabajo. La plantación anterior, una de kiwis, estaba llena de trabajadores extranjeros. Fue allí donde un "supervisor", en realidad solo un trabajador más, amigo de un conocido del verdadero supervisor, decidió acorralarla y alejarla del resto de los trabajadores europeos o latinoamericanos, sobre todo de quienes hablaban su idioma, a fin de asegurarse de poder observarla mientras trabajaba sin tener la molestia de que hablara su idioma con su gente.
Cuando María se negó a compartirle información de contacto en Instagram, este supervisor pasó de solo mirarla a presionarla constantemente con objetivos irreales.

Plantación de kiwi. Imagen ilustrativa. Foto: Toby Hall / Unsplash.
2025, mitad de noviembre.
Ángela está llorando. Otra vez. Tumbada en un tapete de picnic con un par más de quienes trabajan en la plantación, no puede contenerse. Tanto su reputación como la relación que había desarrollado están en picada. Por decisión personal, quiso acercarse a la cultura de los otros trabajadores, en especial porque cuando viajó por el Medio Oriente se sintió muy identificada con los sefardíes.
Uno de los amigos de su actual pareja le hizo una insinuación sexual.
Sorprendida, le preguntó de dónde surgía esa insinuación, a lo que él contestó con absoluta naturalidad:
"Bueno, si aquel estaba preguntando en la plantación si alguno tenía condones porque le habías prometido sexo en los baños portátiles, no veo la razón por la que me dirías que no a mí. Al menos me conoces y sabes que soy mejor tipo. Además, no quieres que se entere tu novio".
Nada de esto sucedió, pero con que un personaje iniciara un rumor fue más que suficiente para que ella no pudiese volver al templo y decidiera ni siquiera ser vista en público con su pareja.
Entre las personas hispanohablantes con las que hablé durante este tiempo se repetía una idea: quien quiera vivir la experiencia del kiwi debe tener una red de contactos y soporte en la ciudad donde esté.
También aparecían, dentro de esos testimonios, relaciones malsanas entre algunos contratistas y trabajadores.
En efecto, una persona representante de la Asociación de Administradores y Dueños de Plantaciones de Kiwi tomó el testimonio de Darla. Llevaron el caso a la Policía y la Policía contactó a Darla.
Doy fe de esa comunicación porque su nivel de inglés no era tan alto. Durante la llamada, el enfoque se centró en pesquisas para saber si había riesgos de evasión de impuestos. Desde nuestra perspectiva, la información que Darla había compartido inicialmente llegó modificada o tergiversada y no hubo un seguimiento que conociéramos respecto a la intimidación, el trabajo en situaciones precarizadas o la violencia de género.
Al terminar la llamada, Darla quedó con la preocupación de pensar que la información que compartió pudiera causarle problemas. En especial porque, mientras trabajaba, Darla ni siquiera tenía una visa de trabajo. El saber que estaba rompiendo la ley le obligaba a someterse, a la par que agrandaba la fantasía de poder de quienes estaban explotándole.
El trabajo en el campo tiene un elemento de dificultad agregada cuando se ejerce con un cuerpo socializado como femenino, bien sea por asignación al nacimiento o identidad. Las acciones reales y tangibles que se toman para prevenir o asistir cuando estas situaciones se presentan no son suficientes.
Entristece que, una semana después de que alcanzara notoriedad en redes sociales la condena a un contratista por delitos sexuales contra trabajadoras migrantes y explotación migrante, no sea posible encontrar fácilmente información sobre cómo dar acompañamiento a las personas que están en situaciones de riesgo frente a la violencia sexual.
Me rehúso a creer que la única alternativa que se tiene es contar con un hombre, o decir la mentira de "mi novio es el que está ahí", para mantener a raya al acosador de turno.
Si bien son minoría, en mi experiencia personal, hay mujeres administrando las plantaciones y participando de los equipos y cuadrillas de trabajo. Casi siempre se corre con suerte de tener una persona que se desempeñe con suficiente soltura en inglés para la asesoría y algo de defensa cuando se dan inconvenientes con otros trabajadores o con los contratistas.
Diversos sectores de la economía neozelandesa dependen en buena medida de trabajadores migrantes y una de cada dos personas en el planeta está socializada desde la feminidad, por lo que este artículo es un llamado de solidaridad a quienes tienen la información para compartirla y a quienes tienen el poder para usarlo.
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Alexandra Zapata
Alexandra Zapata es filóloga, educadora, editora y traductora colombiana radicada en Nueva Zelanda. Cuenta con 16 años de experiencia en enseñanza de inglés y es magíster en Educación y Desarrollo Pedagógico Digital. Trabaja de manera remota entre educación, edición y traducción, conectando Latinoamérica y Aotearoa.
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